Acabo de recibir una llamada. Dicen que las llamadas a estas horas de la noche no suelen traer buenas noticias, pero esta, en cierto modo, sí. La noticia que me han dado es que a partir del lunes que viene empiezo a trabajar en el centro de Getafe, con lo que estaré mucho más cerca de Madrid.
Vuelvo a casa, y la sensación, como toda moneda, tiene su cara y su cruz. Por un lado vuelvo a Madrid, a mi casa, a mis amigos y a mi vida. Por otro lado, dejo Zamora, mi independencia y mi estilo de vida de tirado. Vuelvo a casa de mis padres, a su control y a comer lo que toca cuando toca. Dejo de cocinar para ir a mesa puesta y de lavar para tener la ropa planchada, pero también pierdo mi independencia, mi beberme las cervezas que quiera cuando quiera y de salir y entrar sin dar explicaciones. Cambio mis domingos en pijama y mis reflexiones en soledad por el "ya que libras podías ira a... a hacerme un recado..." y por el "Sí mamá". Y cambio el 5 minutos, Requejo alante por la media hora o sabe Dios cuanto por la carretera de Toledo.
Pero también cambio el blog por las cerveza, el lejos por el cerca y el ir al chino de la esquina para comprar sal.
Cambio a mejor o a peor, no lo sé; pero cambio al fin y al cabo.
Pablo ALDIa
miércoles, 5 de octubre de 2011
lunes, 3 de octubre de 2011
Madrid
Este fin de semana he vuelto a Madrid. La excusa era un bautizo, pero realmente me apetecía volver. Cuando vuelves a Madrid, Madrid te está esperando. Sus calles, sus monumentos, su vida, todo te espera. Y lo disfrutas como la primera vez. Pero en Madrid no solo me esperaba la ciudad sino mis amigos, mis padres, mi vida.
Cierto es que no ha sido este fin de semana, pero la historia tengo que contarla. Hace un mes más o menos volví a bajarme a la capital del reino y me pasó algo muy curioso. Había estado de copas con unos amigos por Malasaña y me volvía a casa solo y andando. El camino lo conocía porque lo he hecho millones de veces: Fuencarral abajo, seguir bajando por Montera esquivando putas, Sol, Mayor, Plaza Mayor y calle Toledo hasta la Puerta de Toledo para enfilar el Paseo de los Olmos. Un camino más que conocido y mil veces recorrido, solo o acompañado para llegar a mi cama. Pero lo curioso es que cuando estaba bajando por los últimos metros de Montera me di cuenta de dónde estaba. ¡Estaba en la Puerta del Sol! Estaba en el centro de España, en la cuna del 15M, enfrente del reloj de las campanadas de fin de año. Estaba en Madrid.
En ese momento te das cuenta de que estás donde estás, y un ridículo sentimiento de provinciano te invade. ¡Estás en la Puerta del Sol! Es cierto que has pasado mil veces por allí, que ya ni le prestas atención cuando pasas. Pero en ese momento me di cuenta. Y allí estaba yo a las tres de la mañana entre turistas borrachos, barrenderos y mendigos y sonreí. Porque en Madrid tengo a mucha gente a la que echar de menos, pero también echaba de menos a Madrid.
jueves, 29 de septiembre de 2011
La vida en el espejo
Hay objetos tan cotidianos que no les prestamos atención, por ejemplo, los espejos. Sales de la ducha y ahí tienes uno, te metes en el ascensor y otro, en el baño del trabajo otros tres… Tanta autoimagen hace que no te pares a mirarte con calma y ver cómo eres y cómo estás realmente.
Anoche, mientras me lavaba los dientes antes de acostarme, me miré al espejo y me vi. Me vi como hacía tiempo que no me veía por más que todas las mañanas salga de la ducha y me refleje en ese mismo espejo. Y al verme pude hacer balance de este mes y pico que llevo en Zamora.
Lo que vi no era si estoy más gordo o más flaco, ni si tengo más o menos pelo (la respuesta a esas dos preguntas es tan clara que todos, por mucho que no me veáis la podéis asumir) sino otros detalles. Me metía en la cama con una muñequera apretando mi muñeca derecha y con dos dedos (el índice y el corazón de la mano izquierda) unidos con esparadrapo; mi pecho está lleno de moratones de cajas de cartón que antes o después me golpean; y el número de morados en los brazos es casi incontable.
Mis manos dan pena. Si no es por los cortes del cutter, es por los del papel de la oficina, si no, por los de los cartones de envases y como última opción siempre me quedan los cortes de panadero (¿Quién dijo que el pan no cortaba?).
Las ojeras son pequeñas, pero ahí están. Parece que no, pero dormir una media de seis o siete horas es insuficiente para aguantar un trabajo físico de doce como el mío. Me hecho la siesta cuando puedo, pero eso lo único en lo que ayuda es en el tamaño de las ojeras, no en su existencia (si no fuera por esos sueñecitos, me las pisaría).
Y en la cara, al igual que en el resto del cuerpo aparecen algún que otro granito fruto del sudor reconcentrado que no puede salir bien por los poros. Algunos de ellos están intactos, pero mucho otros me los he intentado quitar y el “agujero” que deja es como la M-30; según se mire puede ser una obra maestra o un destrozo maestro. Eso por no hablar del chichón-agujero que me hice el otro día al comerme una estantería de detergentes...
Afortunadamente, el dolor de espalda no se ve en el espejo, pero es otra cosa de las que me daba cuenta mientras seguía con la boca llena de espuma de Colgate. Parece mentira que todos los días me levante con agujetas del día anterior en la zona de los riñones. El cuerpo debería acostumbrarse, supongo, pero todavía no lo ha hecho, con lo que levantarse de la cama es un suplicio mayor cada día por el dolor.
Pero con todo esto, más bien a pesar de todo esto; no me puedo quitar la media sonrisa de la cara. Cuando te miras a través del espejo y no dejas de sonreír, es que tu vida no va mal pese a lo que parezca.
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