miércoles, 5 de octubre de 2011

Albricias!

Acabo de recibir una llamada. Dicen que las llamadas a estas horas de la noche no suelen traer buenas noticias, pero esta, en cierto modo, sí. La noticia que me han dado es que a partir del lunes que viene empiezo a trabajar en el centro de Getafe, con lo que estaré mucho más cerca de Madrid.

Vuelvo a casa, y la sensación, como toda moneda, tiene su cara y su cruz. Por un lado vuelvo a Madrid, a mi casa, a mis amigos y a mi vida. Por otro lado, dejo Zamora, mi independencia y mi estilo de vida de tirado. Vuelvo a casa de mis padres, a su control y a comer lo que toca cuando toca. Dejo de cocinar para ir a mesa puesta y de lavar para tener la ropa planchada, pero también pierdo mi independencia, mi beberme las cervezas que quiera cuando quiera y de salir y entrar sin dar explicaciones. Cambio mis domingos en pijama y  mis reflexiones en soledad por el "ya que libras podías ira a... a hacerme un recado..." y por el "Sí mamá". Y cambio el 5 minutos, Requejo alante por la media hora o sabe Dios cuanto por la carretera de Toledo.

Pero también cambio el blog por las cerveza, el lejos por el cerca y el ir al chino de la esquina para comprar sal.

Cambio a mejor o a peor, no lo sé; pero cambio al fin y al cabo.

lunes, 3 de octubre de 2011

Madrid

Este fin de semana he vuelto a Madrid. La excusa era un bautizo, pero realmente me apetecía volver. Cuando vuelves a Madrid, Madrid te está esperando. Sus calles, sus monumentos, su vida, todo te espera. Y lo disfrutas como la primera vez. Pero en Madrid no solo me esperaba la ciudad sino mis amigos, mis padres, mi vida.

Cierto es que no ha sido este fin de semana, pero la historia tengo que contarla. Hace un mes más o menos volví a bajarme a la capital del reino y me pasó algo muy curioso. Había estado de copas con unos amigos por Malasaña y me volvía a casa solo y andando. El camino lo conocía porque lo he hecho millones de veces: Fuencarral abajo, seguir bajando por Montera esquivando putas, Sol, Mayor, Plaza Mayor y calle Toledo hasta la Puerta de Toledo para enfilar el Paseo de los Olmos. Un camino más que conocido y mil veces recorrido, solo o acompañado para llegar a mi cama. Pero lo curioso es que cuando estaba bajando por los últimos metros de Montera me di cuenta de dónde estaba. ¡Estaba en la Puerta del Sol! Estaba en el centro de España, en la cuna del 15M, enfrente del reloj de las campanadas de fin de año. Estaba en Madrid.

En ese momento te das cuenta de que estás donde estás, y un ridículo sentimiento de provinciano te invade. ¡Estás en la Puerta del Sol! Es cierto que has pasado mil veces por allí, que ya ni le prestas atención cuando pasas. Pero en ese momento me di cuenta. Y allí estaba yo a las tres de la mañana entre turistas borrachos, barrenderos y mendigos y sonreí. Porque en Madrid tengo  a mucha gente a la que echar de menos, pero también echaba de menos a Madrid.

jueves, 29 de septiembre de 2011

La vida en el espejo

Hay objetos tan cotidianos que no les prestamos atención, por ejemplo, los espejos. Sales de la ducha y ahí tienes uno, te metes en el ascensor y otro, en el baño del trabajo otros tres… Tanta autoimagen hace que no te pares a mirarte con calma y ver cómo eres y cómo estás realmente.

Anoche, mientras me lavaba los dientes antes de acostarme, me miré al espejo y me vi. Me vi como hacía tiempo que no me veía por más que todas las mañanas salga de la ducha y me refleje en ese mismo espejo. Y al verme pude hacer balance de este mes y pico que llevo en Zamora.

Lo que vi no era si estoy más gordo o más flaco, ni si tengo más o menos pelo (la respuesta a esas dos preguntas es tan clara que todos, por mucho que no me veáis la podéis asumir) sino otros detalles. Me metía en la cama con una muñequera apretando mi muñeca derecha y con dos dedos (el índice y el corazón de la mano izquierda) unidos con esparadrapo; mi pecho está lleno de moratones de cajas de cartón que antes o después me golpean; y el número de morados en los brazos es casi incontable.

Mis manos dan pena. Si no es por los cortes del cutter, es por los del papel de la oficina, si no, por los de los cartones de envases y como última opción siempre me quedan los cortes de panadero (¿Quién dijo que el pan no cortaba?).

Las ojeras son pequeñas, pero ahí están. Parece que no, pero dormir una media de seis o siete horas es insuficiente para aguantar un trabajo físico de doce como el mío. Me hecho la siesta cuando puedo, pero eso lo único en lo que ayuda es en el tamaño de las ojeras, no en su existencia (si no fuera por esos sueñecitos, me las pisaría).

Y en la cara, al igual que en el resto del cuerpo aparecen algún que otro granito fruto del sudor reconcentrado que no puede salir bien por los poros. Algunos de ellos están intactos, pero mucho otros me los he intentado quitar y el “agujero” que deja es como la M-30; según se mire puede ser una obra maestra o un destrozo maestro. Eso por no hablar del chichón-agujero que me hice el otro día al comerme una estantería de detergentes...

Afortunadamente, el dolor de espalda no se ve en el espejo, pero es otra cosa de las que me daba cuenta mientras seguía con la boca llena de espuma de Colgate. Parece mentira que todos los días me levante con agujetas del día anterior en la zona de los riñones. El cuerpo debería acostumbrarse, supongo, pero todavía no lo ha hecho, con lo que levantarse de la cama es un suplicio mayor cada día por el dolor.

Pero con todo esto, más bien a pesar de todo esto; no me puedo quitar la media sonrisa de la cara. Cuando te miras a través del espejo y no dejas de sonreír, es que tu vida no va mal pese a lo que parezca.

martes, 27 de septiembre de 2011

Principios

Como decía el padre del marxismo moderno (a Groucho me refiero), lo bueno de tener principios es que puedes cambiarlos cuando quieras. Y yo, como muchos otros profesionales, tengo algún principio impuesto por mi trabajo. Vale, quizás no sea lo mismo que el código deontológico de un médico o la confidencialidad abogado-cliente, pero la caja tiene un conjunto de códigos y principios. El primero de todos es “no intentarás ligar con las clientas” y el segundo “si las clientas intentan ligar contigo, no las harás caso”. Y yo he roto esos dos mandamientos, de momento infructuosamente.

La semana pasada llegaron a la tienda cuando yo estaba en la caja don auténticos mujerones. Cogieron chocolate, ron y alguna tontería más (la elección las hizo subir un par de puntos) y pasaron por la caja donde estaba yo. Primera regla rota. Mi “buenas tardes” de rigor no sonaba igual y yo, presumiendo en vez de pasar sus productos mirando a ver si pasaban por el escáner, alardeé de mis dotes de cajera y lo hice guiándome por el “pi” que suena mientras las miraba. Y mientras las miraba surgió la conversación. Conversación banal y absurda sobre que si era la primera vez que venían a comprarnos, pero conversación al fin y al cabo.

-Pues nosotras es que somos más de comprar en el Lidl, pero como lo tienen cerrado por reformas y veníamos al Corte Inglés de aquí al lado, pues hemos pasado. Es muy parecido, no?
-Hombre, parecido pero no lo mismo –empieza la locuacidad pedante para intentar impresionar.- La verdad es que aunque vendemos incluso más barato, nuestros productos son mejores.
-Jaja. (Bueno, por lo menos las he hecho reir y tocarse el pelo, no es mala señal) ¿Seguro? ¿No me estarás engañando para vender más?
-Que va, en serio. Búscalo en internet y ya verás (triple que no sé a cuento de qué viene, pero por alardear o por seguir la conversación me lo marco). ¿Qué te apuestas? Y esto son doce con dieciséis (ya podían haber comprado algo de 53 céntimos más para que hubiera más juego)
-Una noche de copas (sonrisa y mirada de complicidad a su amiga mientras me paga)
- Hecho –segunda regla rota- Cuando quieras, míralo, vuelves y vemos quien ha ganado. Gracias…. Vuestro ticket… Adios
- Lo miraré y ya veremos. Adiós.

Apenas un minuto y ya me había cargado todo el código deontológico de la cajera y mientras me daba cuenta de ello las veía a las dos fuera riéndose en plan “tía que fuerte lo que has hecho”

Obvia decir que no la he vuelto a ver y que, dado la cantidad de horas que paso en la tienda, no habrán vuelto. Muy probablemente no vuelvan, de hecho. Pero por lo menos, ese día se me hizo todo un poco más liviano. Si vuelven, ya veremos qué ocurre y si no, seguiré acatando principios marcados y creyendo fielmente en ellos hasta que vuelva a cambiarlos. Porque así funciona esto, y lo bueno de tener principios es que siempre que quieras, puedes cambiarlos.

lunes, 26 de septiembre de 2011

¿Qué quieres ser de mayor?

Niño, cuando seas mayor, ¿qué quieres ser? La eterna pregunta a cualquier crío. El niño, que piensa que será mayor en un máximo de 10 años, contesta siempre que bombero, policía, jugador de futbol o “lo mismo que papá” (que es un concepto indeterminado, pero como lleva corbata y trae dinero a casa, es algo que plantearse). Pero el niño se equivoca, porque es niño y no sabe nada. Lo que el niño no llega a comprender del todo es que será; igual que su padre, su madre y sus abuelos; repositor.

Cuando trabajas en un supermercado, de lo primero de lo que te das cuenta es de que todo el mundo es repositor. La diferencia es que unos pocos cobran por ello y el resto no. Cierto es que los que cobran por ello se llevan la peor parte: descargan el camión, sacan la mercancía a la tienda y la colocan como debería estar; y el resto simplemente la mueven a su antojo.

Entiendo ciertos comportamientos de los consumidores como el de evitar la rotación en productos frescos. “Rotar”, en el argot del reponedor consiste en colocar los productos en orden respecto de la fecha de caducidad, con lo que los que caducan antes son los que están más “a mano”, en la parte frontal y superior del lineal, y los que tienen fechas más largas quedan más “a trasmano”, en la parte de abajo y de atrás. Cierto que si te vas a comprar un pack de 8 yogures y te vas a tomar uno cada noche, es normal que rebusques un poco para que la fecha de tus yogures sea de más de ocho días; ya que lo que no quieres es comerte los dos últimos caducados. Todos sabemos que no pasa nada por tomarse un yogur caducado de un par de días, pero no mola comprarlos a sabiendas. Y ahí es normal que la gente meta la mano en los liniales y los reponga como les venga en gana. Coñazo para el reponedor, que luego tendrá que volver a rotarlos al rato para que estén correctamente colocados (según la empresa, que no quiere que le caduquen en el lineal), pero legítimo.

El problema es que esto suele irse de las manos. Si lo has hecho con el yogur, ¿por qué no hacerlo con el pollo? ¿Y con las patatas fritas? ¿Y con las latas de sardinas en tomate (total, solo tienen unos dos años de fecha)? ¿Y con el detergente en polvo? Sí, habéis leído bien. La gente sabe que en todos los supermercados se rota, con lo que el material más inaccesible es más “fresco”, y por llegar al detergente en polvo “más fresco” (dime tú de qué coño sirve si no caduca) desmontan lineales para coger el de más abajo. Ayer lo presencié. No creáis que es un decir. Paseando por la tienda me encuentro a una adorable ancianita que me había desmontado un lineal de cinco alturas de detergente en polvo de 5 kilos para coger uno de abajo. No vi más que a la señora cogiendo el último e intentando colocar todos los anteriores; pero me la imagino cargando de dos en dos los tambores de detergente para tirarlos al suelo y poder coger el que ella quería.

Eso por no decir, que el equilibrio en un palet lleno de tambores de detergente es inestable y que en cualquier momento se le podía haber caído todo encima; para que los malos fuéramos nosotros, la multinacional déspota aplasta-viejas…
Ejemplos hay muchos más: el tipo que llega corriendo y te destroza el lineal de bebida isotónica para coger la lata con la fecha más larga y abrirla en cuanto pasa por caja, la gente que busca el yogur del camión que acaba de entrar para cenar esa noche, o las madres que te rebuscan en las cajas de chocolatinas para que su niño se coma antes de pasar por caja una barrita de chocolate y miel con más caducidad que ninguna.

Ese niño de los morritos llenos de chocolate y las manos manchadas cuando pasa por caja, crecerá y posiblemente no será ni futbolista, ni policía, ni bombero. A lo mejor sí que puede ser como papá y ponerse corbata, quién sabe. Pero lo que es seguro es que de mayor todos sabemos lo que será: repositor.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Marketing para perros

Si no recuerdo mal, en la carrera (en una asignatura que no recuerdo pero que seguro que se llamaba “principios de algo” o “gestión de algo”) me enseñaron que el marketing nació con el crack del 27. Según parece, la oferta estaba por encima de la demanda y había que conseguir que la demanda subiera para estar al nivel. Entonces, un tío muy listo dijo “¿Y por qué no intentamos despertar necesidades en los consumidores para que compren?” Así de simple. Un tipo no sabía cómo vender y se dedicó a “engañar” a la gente para que sintieran que necesitaban sus productos para que los compraran. A día de hoy, nos parece tan ridículo y obvio que no nos creemos cómo no se había inventado antes.

Pero ya lo decía ese gran compositor pero mal cantante, “times are a-changing” y en el siglo XXI tenemos que estar mucho más hábiles. El marketing es algo de lo que no podemos separarnos. Las multinacionales pagan millonadas a Hollywood para que el cartel de su marca sea sobre el que cae el meteorito y internet está plagado de blogs, perfiles del caralibro y webs 2.0 (que digo yo, ¿con los años que llevamos de internet, no se podía pasar de número ya? Que Panda va por la versión 11…) en los que te  meten por los ojos lo que sea para que lo compres.

Pero el caso que me tiene sorprendido es uno de los más radicales que creo que he visto en tiempo. Pongamos un lineal de comida para perros.  Allí tenemos dos productos uno al lado del otro: la comida de perros “normal” y la comida de perros “premium”. El precio por kilo tiene un euro de diferencia aunque en las dos aparece un perro monísimo y casi sonriente en la bolsa. Vale, la normal es un saco rojo y la Premium es plateado, pero ¿eso justifica la diferencia de precio?

El otro día un cliente me preguntó que a qué se debía esa diferencia y yo salí airoso con un “es que la de color plata es la Premium” que le dejó relativamente convencido, pero no a mí, con lo que seguí investigando en cuanto el tipo se fue. Las dos son de vacuno (no especifican si de vaca, de toro, de buey o de ñu) pero aparentemente la Premium está fabricada “con las piezas más selectas de carne de vacuno argentino”. Me veo yo a esos dos operarios del matadero argentino diciendo [leer con acento argentino]“eeeee viste, que lomito tan selecto salió; ¿lo apartamos para el Boutique Ultra?” (Nota: El restaurante Boutique Ultra es uno de los más selectos y lujosos de todo Buenos Aires, o eso dice google) y el otro contestando “pero boludo, que decís. Ese resérvalo para comida de perros Premium”. Seguro que esa escena se da varias veces al día en los mataderos de toda la Pampa...

Y luego está un detalle menor. ¿Alguien se ha dado cuenta a estas alturas del post de que los perros no tienen una capacidad física para discernir entre texturas y sabores Premium de las normales? ¿Qué coño le importa al perro si es Premium o no? No, no es un intento de ofender a mis amigos los zoofílicos (entendido como a los que les gustan los animales, y no como ninguna parafilia) sino como un hecho científico. El paladar humano es el más complejo de la naturaleza, y nos cuesta distinguir entre el vacuno argentino del de la sierra de Gredos, con lo que un perro no lo va a hacer.

Luego hay crisis y la gente no llega a fin de mes, pero que a Toby no le falte comida Premium en su plato. Ya comeremos nosotros chopped de segunda y a punto de caducar, que por Toby hay que hacer un esfuerzo…

El marketing ha triunfado, pero no solo para los humanos, sino también para los perros.

NOTA: A día de hoy, se vende más comida de perros Premium a la semana que comida de perros normal.

viernes, 23 de septiembre de 2011

La gratuidad de la idiotez

Ya lo dice el anuncio, “el ser humano es maravilloso”. Y una de las cosas que le convierten en maravilloso es su maravillosa capacidad de volverse estúpido ante palabras como “gratis” o “rebajado”. Todos nos hemos vuelto idiotas delante de esas palabras alguna vez. Si no, mirad vuestro armario. ¿De verdad no tenéis una prenda que os comprasteis porque era barata? O incluso peor, que vuestros padres os compraron por la misma razón. Yo, lo confieso, sí. Tengo un par de camisas que no me valían cuando me las compré (con la intención de adelgazar) en un outlet, unas zapatillas de deporte de “remate final” que casi no me entran y unas cuantas corbatas al 50% que debería regalar a mi peor enemigo. Del capítulo de “gratis”, mejor ni hablar: camisetas de publicidad que no me pondría ni muerto, sombreros de paja de una fiesta de Barceló, que nunca he tirado o llaveros con forma de logotipo de cualquier marca.

Todos somos iguales, no ante la ley (si no, que se lo pregunten al Sr. Camps), sino ante la  palabra “gratis”. No  podemos evitarlo. ¿Eres de ginebra? Entra en un bar con fiesta de Barceló y te garantizo que sales con un sombrero de paja o una linterna. Y no me digas que es por intentar ligar con la azafata, que esa escusa la conocemos todos y sabemos que no es cierta (lo de que ligar con una azafata es imposible lo dejo para otro post).

Lo grave del asunto es que todo el mundo lo sabe, pero nadie deja de actuar absurdamente. Cualquier producto inútil, feo y absurdo se convierte en un bien de primera necesidad si es barato o gratis. Pongamos un ejemplo. Un tipo en su Nueva Orleans natal tiene un almacén lleno de trampas para caimanes del rio Mississipi (todo el mundo sabe que estas trampas no son estándares sino que específicas para los aligátor de la zona y que no son compatibles con los cocodrilos del Nilo o de las cloacas de Madrid) y no sabe cómo librarse de ellas. Mr. Nueva Orleans llama a cualquier distribuidora del mundo y se las ofrece a “mitad de precio” con lo que la empresa acepta imbuida por el “éxtasis del barato”. El problema es que cuando llegan a su almacén, se da cuenta de que no tiene qué hacer con ellas. Pero el director comercial (todo un lince decide sacarlas en un folleto que distribuye por toda la provincia de Zamora con el eslogan “el mejor precio de España”. Y ¿qué ocurre? Pues obvio, que en un santiamén, el río Duero está lleno de trampas para aligátores de Mississipi; lo que es inútil porque ni sirven, ni en el Duero hay caimanes. Entre medias, Mr. Nueva Orleans tiene una mansión nueva, el director comercial de la distribuidora es consejero delegado y los zamoranos se han gastado el dinero (eso si, poco, porque realmente eran muy baratas), en llenar el rio de mierdas inútiles. Ahora cambiemos de producto. Digamos que son cremas faciales de dudosa credibilidad, trasportines para tartas, máquinas de abdominales de dos metros, toallas horteras, limpiadores de joyas por ultrasonidos o mantas que apenas abrigan. Pues es lo mismo, y eso lo sé porque lo he visto con mis propios ojos….

Y qué podemos hacer? Nada, porque el ser humano es maravilloso y porque no hacer nada, es gratis

lunes, 19 de septiembre de 2011

La caja cuadra

He de confesarlo. Jamás creía que me iba a solidarizar con el gremio de las cajeras. En mi vida he conocido a unas cuantas, pero nunca había empatizado. Pero las inmersiones es lo que tienen, que a base de ponerte donde el otro, terminas pensando, sintiendo y comportante como el otro. No, no penséis que por mucho que haya estado en caja me he convertido en el tópico de cajera “choni” que masca chicle y no aprobó el bachillerato (ni el de la LOGSE). Pero he aprendido mucho.

El trabajo de cajera es mucho más jodido de lo que parece. Cierto es que es uno de los más subestimados de todos los que existen (al nivel de conductor de caca-can, despega gatos de los bajos de trenes o sexador de pollos), pero tiene su intríngulis. No es solo pasar los productos por el aparatito que lee los códigos de barras y esperar que los clientes no te pongan uno de los que no pasa y que tienes que meter por código (del que obviamente tienes dudas de si recuerdas), sino que tienen otra función mucho más importante.

En una ciudad  pequeña como Zamora y con una media de (los datos son míos con lo que no tienen por qué coincidir plenamente con los del INE) de un bar para cada tres habitantes  y medio, quizás se ve más acentuado. La gente iba al psicólogo a contarles sus penas pero para los asuntos realmente difíciles, a quien acudía era al bar; al camarero. Los camareros han ostentado el título de psicólogos y consejeros de sus parroquianos durante siglos. Pero esto es Zamora y es el año 2011. No sé si es, como ya decía, porque como la ciudad es pequeña, es más que probable que el camarero conozca a alguna prima tuya. Quizás es la crisis y la gente no pueda tomarse algo en la barra para contar sus penas. O, muy probablemente, esto no sólo ocurre aquí sino en todo el mundo, pero nunca antes me había dado cuenta.  Pero la labor psicoanalista del cajero es algo por lo que deberían de cobrar un plus.

Todos hemos alargado un café o una caña hasta el infinito. Unas veces por ligar, otras veces por hablar con el camarero y hasta alguna vez porque no tenías dinero para más y no queríamos llegar a casa pronto y eso es un punto para los camareros. Una cajera tiene una media de dos minutos y medio. Y esta cifra no es ampliable porque detrás viene otro cliente con otros problemas, con otro chiste que contar o (los peores) que no te dirige la palabra ni para darte los buenos días.  Y en ese tiempo, el cajero no sólo tiene que pasar todos los artículos correctamente, comprobar que el cliente no está robando, acertar con el cambio y sonreír constantemente; sino que tiene que dar la talla. Tiene que conseguir que el cliente se marche satisfecho no sólo de lo que ha comprado, de lo bonita que era la tienda y del maravilloso surtido que tenía; sino de lo bien que han tratado a su niño (sí, el que ha ido corriendo por el pasillo y se ha chocado contra el lineal de yogures, los ha tirado todos al suelo y ha roto media docena), del chiste que le han reído, del consejo sobre dónde invertir sus ahorros, del “es cierto cómo está todo” que le han dicho, y de la complicidad de la mirada mirando al cliente anterior en plan “vaya coñazo, menos mal que llegas tú, que pareces un tío de puta madre y no como se frikazo”. Y por supuesto, que el cambio sea el correcto, y que la caja cuadre.

La actitud del cajero es siempre atenta. Sí; hay excepciones, pero ¿cómo actuaría cualquiera después de sufrir lo que brevemente os he contado, con los pies reventados después de llevar ocho horas a pie quieto en el cubículo de un metro cuadrado donde se trabaja, si estás de bajón porque has discutido con tu pareja o tu madre y además tienes una ligera resaca o sueño porque la noche de antes tu bebé no ha parado de llorar?

Ya quisiera mucha gente tener esa actitud, esa calma, esa paciencia, ese servicialismo (que no servilismo),…

En este mundo hacen falta más cajeras. No en las cajas, sino en todas partes.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El cliente siempre tiene la razón

Empecemos el blog polemizando. Porque hay cosas que se dan por sentadas y que no deberían.

Una de las mayores falacias sobre la que se basa el mundo es la de que el cliente es lo primero. Es mentira. De hecho, si por muchos fuera, sería lo último. Triste pero cierto. El cliente es ese agente que está ahí y que tiene que estarlo para que la empresa exista, y como tal es un mal necesario; igual que pagar luz, agua o teléfono. Pero estas cosas no se consideran lo primero. "La luz es lo primero", a parte de un posible eslogan para Iberdrola (nota: el eslogan es mío, por si se derivaran cualquier tipo de derechos de propiedad intelectual), no es algo que se diga muy habitualmente en los círculos empresariales. Qué sería de una empresa sin luz? Os imagináis llegar a un centro comercial a oscuras? O qué me decís de una empresa que se comunique por señales de humo? Así es. Hay otras cosas iguales de importantes.

Pero aún así, cuanto más alto sea el cargo, más se llena la boca a la hora de decirlo. Por qué? Sencillo, porque no tratan con ellos. A un currito de a pie, un cajero o un dependiente, el cliente le molesta como un grano en el culo. No voy a entrar en muchos detalles ahora, porque ya hablaré en más posts del tema), pero al señor consejero delegado de una empresa, sentado en su butacón de cuero en su despacho de 200 metros cuadrados en el centro de una gran ciudad; el cliente es lo que le da de comer. Y como su única relación con el cliente es la que le une con su nómina, el cliente se vuelve algo primordial. A más cliente, más nómina; y por tanto para aumentar los clientes (y su nómina) hay que consentir todo lo que haga falta. Pero acaso creeis que el Sr. Botín sabe lo que es convencer a una viejecita de que firme una hipoteca? Sabe el Sr. Alierta dar de alta un ADSL? Sabe lo que es pasarse el día al teléfono molestando a familias a su hora de comer o de la siesta diciendo "Hola, en Movistar queremos agradecerle su confianza ofreciéndole una gran oferta"? La respuesta es que no.

Me imagino al señor Google (según mis últimos descubrimientos se llama Antonio Google y es natural de San Martín del Castañar, provincia de Zamora), diciendo "voy a montar una de las mayores empresas del mundo para así facilitar la vida al cliente". Seguro que cuando empezó en su garaje, no pensó en hacerse multimillonario, pero algo había en mente. No descartó la idea de ganar pasta y de algún día tener ese despacho en el que se dicen cosas como "el cliente siempre tiene la razón"; y se lanzó a tratar con clientes. Le salió bien, sin duda; y ahora fuma puros en la tumbona de una de sus quince mansiones en el Pacífico Sur, y como no tiene que lidiar con los clientes, dice que son lo primero. Igual que el teleoperador que se dedica a llamar a empresas para que paguen por poner anuncios en su web por unos 500€ al mes... Lo mimo, seguro.

Pero mientras quien nos mande sigan siendo esos señores del Porsche Cayenne en su plaza reservada para ejecutivos y el yate en Mayorca amarrado al lado del Bribón, el cliente seguirá siendo lo primero y seguirá teniendo la razón. La cajera seguirá sonriendo y dando las gracias al tipo que le está robando y el tendero pedirá disculpas y diciendo que es su culpa a la señora que le pide que le corte otro par de filetes nuevos porque los que acaba de partir no le gusta la pinta que tienen.

Habría una solución, cambiar la butaca de cuero por una caja o por una transpaleta, y que el que mantiene que el cliente es tan maravilloso fuera quien se enfrentara cara a cara con él todos los días. Pero entonces el cliente diría que antes se le atendía mejor, que los filetes estaban mejor cortados, que en la caja tardaba menos, que "la chica que había antes era mucho más simpática" o que había más surtido. Y como el cliente tiene la razón, se debería volver al status anterior y los que mandan, seguirían mandando, los que filetean, cobran, reponen o llaman; seguirían cobrando, reponiendo o llamando y el cliente seguiría teniendo la razón. O no?