Hay objetos tan cotidianos que no les prestamos atención, por ejemplo, los espejos. Sales de la ducha y ahí tienes uno, te metes en el ascensor y otro, en el baño del trabajo otros tres… Tanta autoimagen hace que no te pares a mirarte con calma y ver cómo eres y cómo estás realmente.
Anoche, mientras me lavaba los dientes antes de acostarme, me miré al espejo y me vi. Me vi como hacía tiempo que no me veía por más que todas las mañanas salga de la ducha y me refleje en ese mismo espejo. Y al verme pude hacer balance de este mes y pico que llevo en Zamora.
Lo que vi no era si estoy más gordo o más flaco, ni si tengo más o menos pelo (la respuesta a esas dos preguntas es tan clara que todos, por mucho que no me veáis la podéis asumir) sino otros detalles. Me metía en la cama con una muñequera apretando mi muñeca derecha y con dos dedos (el índice y el corazón de la mano izquierda) unidos con esparadrapo; mi pecho está lleno de moratones de cajas de cartón que antes o después me golpean; y el número de morados en los brazos es casi incontable.
Mis manos dan pena. Si no es por los cortes del cutter, es por los del papel de la oficina, si no, por los de los cartones de envases y como última opción siempre me quedan los cortes de panadero (¿Quién dijo que el pan no cortaba?).
Las ojeras son pequeñas, pero ahí están. Parece que no, pero dormir una media de seis o siete horas es insuficiente para aguantar un trabajo físico de doce como el mío. Me hecho la siesta cuando puedo, pero eso lo único en lo que ayuda es en el tamaño de las ojeras, no en su existencia (si no fuera por esos sueñecitos, me las pisaría).
Y en la cara, al igual que en el resto del cuerpo aparecen algún que otro granito fruto del sudor reconcentrado que no puede salir bien por los poros. Algunos de ellos están intactos, pero mucho otros me los he intentado quitar y el “agujero” que deja es como la M-30; según se mire puede ser una obra maestra o un destrozo maestro. Eso por no hablar del chichón-agujero que me hice el otro día al comerme una estantería de detergentes...
Afortunadamente, el dolor de espalda no se ve en el espejo, pero es otra cosa de las que me daba cuenta mientras seguía con la boca llena de espuma de Colgate. Parece mentira que todos los días me levante con agujetas del día anterior en la zona de los riñones. El cuerpo debería acostumbrarse, supongo, pero todavía no lo ha hecho, con lo que levantarse de la cama es un suplicio mayor cada día por el dolor.
Pero con todo esto, más bien a pesar de todo esto; no me puedo quitar la media sonrisa de la cara. Cuando te miras a través del espejo y no dejas de sonreír, es que tu vida no va mal pese a lo que parezca.