lunes, 3 de octubre de 2011

Madrid

Este fin de semana he vuelto a Madrid. La excusa era un bautizo, pero realmente me apetecía volver. Cuando vuelves a Madrid, Madrid te está esperando. Sus calles, sus monumentos, su vida, todo te espera. Y lo disfrutas como la primera vez. Pero en Madrid no solo me esperaba la ciudad sino mis amigos, mis padres, mi vida.

Cierto es que no ha sido este fin de semana, pero la historia tengo que contarla. Hace un mes más o menos volví a bajarme a la capital del reino y me pasó algo muy curioso. Había estado de copas con unos amigos por Malasaña y me volvía a casa solo y andando. El camino lo conocía porque lo he hecho millones de veces: Fuencarral abajo, seguir bajando por Montera esquivando putas, Sol, Mayor, Plaza Mayor y calle Toledo hasta la Puerta de Toledo para enfilar el Paseo de los Olmos. Un camino más que conocido y mil veces recorrido, solo o acompañado para llegar a mi cama. Pero lo curioso es que cuando estaba bajando por los últimos metros de Montera me di cuenta de dónde estaba. ¡Estaba en la Puerta del Sol! Estaba en el centro de España, en la cuna del 15M, enfrente del reloj de las campanadas de fin de año. Estaba en Madrid.

En ese momento te das cuenta de que estás donde estás, y un ridículo sentimiento de provinciano te invade. ¡Estás en la Puerta del Sol! Es cierto que has pasado mil veces por allí, que ya ni le prestas atención cuando pasas. Pero en ese momento me di cuenta. Y allí estaba yo a las tres de la mañana entre turistas borrachos, barrenderos y mendigos y sonreí. Porque en Madrid tengo  a mucha gente a la que echar de menos, pero también echaba de menos a Madrid.

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