Ya lo dice el anuncio, “el ser humano es maravilloso”. Y una de las cosas que le convierten en maravilloso es su maravillosa capacidad de volverse estúpido ante palabras como “gratis” o “rebajado”. Todos nos hemos vuelto idiotas delante de esas palabras alguna vez. Si no, mirad vuestro armario. ¿De verdad no tenéis una prenda que os comprasteis porque era barata? O incluso peor, que vuestros padres os compraron por la misma razón. Yo, lo confieso, sí. Tengo un par de camisas que no me valían cuando me las compré (con la intención de adelgazar) en un outlet, unas zapatillas de deporte de “remate final” que casi no me entran y unas cuantas corbatas al 50% que debería regalar a mi peor enemigo. Del capítulo de “gratis”, mejor ni hablar: camisetas de publicidad que no me pondría ni muerto, sombreros de paja de una fiesta de Barceló, que nunca he tirado o llaveros con forma de logotipo de cualquier marca.
Todos somos iguales, no ante la ley (si no, que se lo pregunten al Sr. Camps), sino ante la palabra “gratis”. No podemos evitarlo. ¿Eres de ginebra? Entra en un bar con fiesta de Barceló y te garantizo que sales con un sombrero de paja o una linterna. Y no me digas que es por intentar ligar con la azafata, que esa escusa la conocemos todos y sabemos que no es cierta (lo de que ligar con una azafata es imposible lo dejo para otro post).
Lo grave del asunto es que todo el mundo lo sabe, pero nadie deja de actuar absurdamente. Cualquier producto inútil, feo y absurdo se convierte en un bien de primera necesidad si es barato o gratis. Pongamos un ejemplo. Un tipo en su Nueva Orleans natal tiene un almacén lleno de trampas para caimanes del rio Mississipi (todo el mundo sabe que estas trampas no son estándares sino que específicas para los aligátor de la zona y que no son compatibles con los cocodrilos del Nilo o de las cloacas de Madrid) y no sabe cómo librarse de ellas. Mr. Nueva Orleans llama a cualquier distribuidora del mundo y se las ofrece a “mitad de precio” con lo que la empresa acepta imbuida por el “éxtasis del barato”. El problema es que cuando llegan a su almacén, se da cuenta de que no tiene qué hacer con ellas. Pero el director comercial (todo un lince decide sacarlas en un folleto que distribuye por toda la provincia de Zamora con el eslogan “el mejor precio de España”. Y ¿qué ocurre? Pues obvio, que en un santiamén, el río Duero está lleno de trampas para aligátores de Mississipi; lo que es inútil porque ni sirven, ni en el Duero hay caimanes. Entre medias, Mr. Nueva Orleans tiene una mansión nueva, el director comercial de la distribuidora es consejero delegado y los zamoranos se han gastado el dinero (eso si, poco, porque realmente eran muy baratas), en llenar el rio de mierdas inútiles. Ahora cambiemos de producto. Digamos que son cremas faciales de dudosa credibilidad, trasportines para tartas, máquinas de abdominales de dos metros, toallas horteras, limpiadores de joyas por ultrasonidos o mantas que apenas abrigan. Pues es lo mismo, y eso lo sé porque lo he visto con mis propios ojos….
Y qué podemos hacer? Nada, porque el ser humano es maravilloso y porque no hacer nada, es gratis
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